Flores para Evaristo San Miguel

09/02/2018 por

 

Por Ernesto Burgos

El día 11 de febrero de 1873 se proclamó la I República. Tuvo una corta vida y
la mataron entre todos, pero sirvió para que desde ese momento los españoles ya
podamos elegir entre ser súbditos o ciudadanos. Los primeros aceptan que la soberanía
nacional es propiedad de un solo individuo, el rey, al que una constitución elaborada a
base de sobremesas, cafés y chupitos califica como inviolable. Los segundos,
sostenemos que el único soberano es el pueblo; por lo tanto todos y cada uno de
nosotros, incluyendo al monarca, somos libres para pensar y actuar, y en consecuencia
debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos.
Lógicamente, los ciudadanos y ciudadanas de este país estamos orgullosos de ser
republicanos y nos gusta recordar las dos ocasiones en las que levantamos la cerviz y
fuimos libres, porque asumimos sin complejos la herencia de quienes entonces
defendieron lo mismo que nosotros defendemos ahora: la igualdad, la fraternidad, el
trabajo, el laicismo, la alegría, la paz, la honradez, la justicia, la limpieza en las
instituciones y en definitiva la libertad.

Por eso vamos a recordar esta fecha ante la efigie de uno de los nuestros:
Evaristo San Miguel, el ilustre militar y político gijonés que da nombre a una de las
plazas de esta ciudad, esa que los castizos conocen a secas como “la plazuela” y los más
despistados suponen que está dedicada a un santo.
Pero no. Don Evaristo no fue santo, y tampoco llegó a ser republicano “de facto”
ya que, igual que Riego, murió antes de aquella primera proclamación; pero sí lo fue “in
péctore”, ya que defendió toda su vida las ideas de progreso, incluso apoyando a Isabel
II como mal menor para evitar otra guerra civil en 1854 cuando un grupo de generales
conservadores se levantó contra el pueblo. La reina lo nombró entonces Grande de
España, aunque no le hacía falta, porque el pueblo ya le reconocía esta dignidad sin
necesidad de ninguna ceremonia.

Evaristo Fernández San Miguel y Valledor nació en Gijón en 1785 y falleció en
Madrid en 1862. Su historial lo define: combatió en la Guerra de la Independencia
desde primera hora hasta que cayó prisionero y lo trasladaron a Francia. De allí volvió
convertido en un liberal convencido y cuando Riego se sublevó el 1 de enero de 1820
fue nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ejército y secretario de su Junta. Esta
fue la época en la que compuso la letra del himno oficial de la República española para
la música que firmó Salvador Gomis, y también cuando se convirtió en un héroe
mandando el 7 de julio de 1821 a la milicia nacional que frenó a los batallones de la
Guardia Real que se sublevaron en la capital para restablecer el absolutismo.
San Miguel fue además presidente del Consejo de Ministros con el gobierno
llamado de “los siete patriotas”, que eran a la vez siete destacados masones de ideas
liberales. Conspirador incasable, participó desde su exilio en Inglaterra en los intentos
de reinstaurar la dignidad del pueblo encabezados por Torrijos y Mina, y tras la muerte
de Fernando VII llegó a ser general en jefe de los Ejércitos del Centro y del Norte
enfrentándose al carlismo.
Aunque si ahora lo recordamos es por haber sido simplemente un español
honesto, como quienes trajeron la I República, igual que quienes establecieron más
tarde la II y lo mismo que los hombres y mujeres que inevitablemente proclamarán también la III, porque nadie puede detener la historia ni frenar el progreso de los pueblos.

En homenaje a quienes nos precedieron en esta idea, este domingo 11 de febrero
a la doce de la mañana colocaremos unas flores delante del busto de Evaristo San
Miguel acompañados por la música del cantautor Iván San Segundo. Seguramente no
seremos muchos, pero sí los suficientes para gritar alto que aún quedamos asturianos y
asturianas que no nos resignamos a ser súbditos de ninguna familia.

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