El comunista de las maletas
Como integrante del aparato de propaganda del PCE, recorrió buena parte de la geografía asturiana con maletas de doble fondo.
26 enero 2026

Es historiador, sindicalista y anarquista.
Me solicitan unas líneas de despedida para con Vicente Gutiérrez Solís por aquello de haber tenido el honor (y el placer) de escribir su biografía. Y, la verdad, no tengo muy claro qué decir.
Vicente era un hombre de sobra conocido, un comunista, un luchador y un referente. Encarcelado, torturado, deportado, desterrado, exiliado, detenido en hasta ocho ocasiones, despedido durante casi dieciocho años, concejal, líder del movimiento vecinal y militante de la memoria histórica. Como integrante del aparato de Propaganda del PCE en Asturias durante la dictadura, del que fue responsable en el Nalón, recorrió buena parte de la geografía asturiana con maletas de doble fondo. De un lado género para ganarse la vida, de otro, kilos y kilos de octavillas y Mundo Obrero para alentar a la lucha por las libertades democráticas.

Pero esto ya lo sabemos. Hoy todas las noticias que glosan su dilatada trayectoria militante hacen referencia, de uno u otro modo, a estas cuestiones. A mí me gustaría resaltar otros atributos. Hoy ha fallecido un ser humano excepcional. Alguien que a pesar de su fama de duro (tanto ante la policía como en el Partido) era un hombre dialogante y abierto. Un militante ejemplar y altruista que no buscaba ocupar cargos sino espacios. Un ciudadano que quería, que tenía la necesidad de contribuir a la sociedad y a la clase trabajadora echando una mano allá donde hiciera falta.
Una persona de una enorme calidez, que llegaba al corazón de los que lo conocían con su compromiso, su torrente de voz, su sonrisa envuelta en un prominente bigote y su mirada. Esa mirada penetrante, intensa, que transmitía todos sus sentimientos: alegría, amor, tristeza o rabia. Esa mirada que te quería escrutar el alma y que tenía la facultad de emocionar.

También un marido y un padre ausente durante la etapa más dura e intensa de su militancia. Marcolina, su fallecida esposa, se lo reprochó no pocas veces en sus últimos años y él, autocrítico como era, tuvo claro cuáles debían ser sus prioridades en la vejez: estar junto a su compañera de vida, convertir en apoyos y cuidados las ausencias de otros tiempos. Resolver, como siempre decía, todo aquello que estuviera pendiente para dejar el camino lo más despegado posible a un hijo, Eliseo, sobre el que sentía que debía hacer frente a una responsabilidad complicada: dos padres ancianos que conservaban su independencia.
Como casi todos los asturianos, conocía a Vicente de toda la vida, es lo que tiene haber sido protagonista de buena parte de las luchas más importantes del movimiento obrero y del antifranquismo, que te metes en las casas de los demás. Pero por cuestiones biológicas, ideológicas e historiográficas comencé a tratarlo con cercanía en su vejez y allí encontré a una persona que me impactó y a un matrimonio que me impresionó. Su forma de abrirme su hogar y sus recuerdos, su manera acogerme, de contarme sus vidas y sus recuerdos, su decisión a la hora de exigirme que cogiera aquellos 50€ para colaborar en la biografía o su intensidad en aquella bronca que nos echó a mi mujer y a mí por presentarnos en su casa con un bizcocho porque eso entre compañero no ha lugar.
“Vicente Gutiérrez Solís no pensaba en singular sino en plural, no pedía para sí sino para todos.”
En sus últimos años (a decir verdad, como en los anteriores) se mostraba enormemente preocupado por el futuro y los problemas de la juventud: el acceso a la vivienda, el trabajo o el ascenso de la ultraderecha. No había lugar para cuestiones propias sino para las de los que venían detrás. Porque Vicente Gutiérrez Solís no pensaba en singular sino en plural, no pedía para sí sino para todos y no entendía la vida sin preocuparse por la clase trabajadora.
Y lo hacía mientras cocinaba para su esposa. Puede parecer un detalle nimio, pero quienes conocieran al Vicente de antes de los 80 años, de antes de la convalecencia de Marcolina, no habrían podido asistir a tal menester. Un detalle tan insignificante como el siguiente: una tarde de invierno de 1963, mientras estaba deportado en Soria, a consecuencia de las huelgas mineras del 62, Vicente entró en un bar a tomar un vino y comer unos cacahuetes. Al ir a pagar, alguien había convidado al minero asturiano. Pequeños detalles que dicen muchas cosas.
Hasta siempre, compañeru.

