Asturianos tras las alambradas

12/05/2019 por

De los casi 300 campos que existieron en España, Asturias acogió un total de doce de diferente tipología, por los que pasaron miles de prisioneros de aquí y de allá

Campo de concentración de Castropol./
Campo de concentración de Castropol.
ALEJANDRO FERNÁNDEZ MARTÍNEZ

«Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero.

Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides.»

De esta manera describió el escritor Max Aub, en su novela ‘Campo de los Almendros’ (1968), el estado en que se encontraban los prisioneros del Campo de Concentración de «Los Almendros» que, ante el desenlace de la guerra, los vencedores alzaron en Alicante. Uno de esos «españoles rotos» que vivió allí fue el poeta Marcos Ana, que en sus memorias narraría el martirio: «el campo era largo y estrecho y se extendía al costado de una carretera. Allí nos fueron hacinando (…) por lo menos el hambre lo aplacamos con el fruto de los almendros. Primero nos comimos la almendra, al día siguiente, buscábamos las cáscaras ásperas y verdes que habíamos tirado el día anterior y, por último, nos engullimos lo que restaba: las pequeñas flores blancas, las hojas y los tallos más tiernos».

Con un triángulo rojo al pecho

Dentro o fuera de su patria, muchos republicanos españoles terminaron desfilando en las interminables colas de diversas redes concentracionarias europeas, marcados siempre con una inscripción en el pecho: el triángulo rojo invertido que los señalaba como prisioneros políticos en la macabra maquinaria nazi; o con una «P», de «Prisionero», en la red franquista. La imagen compuesta por Max Aub bien valdría para relatar la realidad de muchos de los campos de concentración que se erigieron dentro del país. Desde hace algunos años, muchos investigadores, al calor de los movimientos memorialistas, convertidos en asunto historiográfico propio, han venido dedicando sus estudios al sistema concentracionario que el franquismo, como una pieza más en su duro engranaje represivo, levantó. El último de esos investigadores ha sido Carlos Hernández que, con su libro «Los campos de concentración de Franco» (Ediciones B, 2019), ha puesto una piedra más en estos estudios. Repasemos aquí, a partir de la obra, las particularidades de los campos de concentración franquistas y su presencia en Asturias.

Campo de concentración de Gijón.
Campo de concentración de Gijón.

Los campos y la «larga sombra de Auschwitz»

Aunque en el imaginario colectivo la denominación «Campo de Concentración» remite casi automáticamente al nazismo y su sistema de exterminio, conviene matizar. En cuanto a la sofisticación y el perfeccionamiento del genocidio, la red engendrada por la Alemania nazi alcanzó alturas que impiden un paralelismo con lo acontecido en España. De hecho, los campos de concentración, como forma de reclusión del enemigo, son antiquísimos. Los ingleses los utilizaron en sus colonias; EEUU encerró a ciudadanos japoneses una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial y los españoles  los erigieron durante la Guerra de Cuba. Los republicanos que partieron al exilio tras la derrota ocuparon un sur de Francia salpicado de estos campos: en Argelès o Saint-Cyprien encontraron la muerte miles de españoles que habían pedido auxilio a la Francia democrática.

Tal y como señala Carlos Hernández, «es necesario, por tanto, huir de la larga sombra de Auschwitz al hablar de otros sistemas concentracionarios». No obstante, la ayuda alemana en el levantamiento del sistema represor franquista es evidente, dadas las simpatías entre ambos regímenes. Desde el comienzo de la contienda los asesores del III Reich colaboraron en el perfeccionamiento de la eliminación del enemigo y, como parte sustancial de ello, en la administración de los campos.

Los campos españoles

Enmarcados como una fracción más dentro del sistema general de represión de la «anti-España», se hace difícil la tarea de discernir entre lo que era realmente un campo de concentración, ya fuera esa su denominación oficial o no. Antiguas fábricas, casas, viejas estructuras de todo tipo, extensos campos rodeados improvisadamente de alambre de espino o barracones de nueva y precaria construcción, se adaptaron por todo el territorio para hacinar a la España vencida. El historiador Javier Rodrigo aporta una acertada definición para los Campos de Concentración: «centros de detención ilegal y extrajudicial regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos (…) y, en ocasiones, a poblaciones civiles de grandes masas de ciudadanos. Y, también, los destinados durante la posguerra y la Segunda Guerra Mundial a internar a los refugiados en España procedentes de Francia.»

La estructura concentracionaria fue paulatinamente conformándose, obedeciendo durante mucho tiempo a la arbitrariedad de los oficiales responsables de cada campo y, por lo tanto, otorgando a cada lugar sus propias características. Será con el inicio de la caída del Frente Norte y con la previsión de una ingente masa de prisioneros cuando Franco ordene la creación de la Inspección General de los campos de concentración (ICCP), al mando del cual ubicó al coronel Luis Martín Pinillos. A partir de aquí, aunque sin demasiada efectividad real, se realizó una clasificación con siete tipos de campos: campos de Vanguardia, en el frente; campos lazareto, de tránsito; campos de clasificación, para investigar y calificar a los presos; campos para formar los Batallones de Trabajadores; campos para prisioneros extranjeros; campos para prisioneros inútiles y, por último, campos para menores. No existieron, por norma general, campos para mujeres ni mixtos, salvo algunas excepciones, entre ellas el asturiano de Arnao, en Figueras.

Las fronteras entre la cárcel y el campo

Dos horrores distintos, cada uno con su tétrica singularidad, con sus nuevos ritos de paso diarios, aprendiendo a toda prisa a vivir en la total ausencia de libertad. En ocasiones, las fronteras entre los campos, las cárceles y otros recintos concentracionarios no son nítidas, hasta el punto de que, a veces, dado el complejo entramado jurídico-administrativo que se encargó de la represión, las propias autoridades de la «Nueva España» señalaban como campos de concentración a recintos que oficialmente no lo eran. Se explica esto por la forma en que se fueron creando: dependieron, hasta bien entrada la guerra, de la voluntad de los oficiales franquistas que iban conquistando las diferentes plazas y que se veían en la necesidad de guardar la masa de enemigos. La arbitrariedad caracterizó todo el entramado. Y fruto de esa celeridad en la construcción del sistema de concentración fue también la falta generalizada de uniformes para los retenidos, a la que encontramos una excepción en Asturias, en La Vidriera: «nos dieron el uniforme de prisioneros, compuesto de una chaqueta, pantalón y gorra gris, sistema de los que llevaban los reclusos en las cárceles de color gris, y tanto en el pecho como en la gorra llevábamos pintada en negro una P muy grande, que significaba «prisionero»», según testimonia Joan Guari.

Un escalón más abajo en esta asfixia colectiva lo ocupaban las cárceles. A las penitenciarías fueron a dar con sus huesos la mayoría de republicanos que fueron considerados enemigos irrecuperables del «Movimiento», individuos que había que depurar irremediablemente. Por su parte, los campos acogieron a personas que la naciente dictadura consideraba recuperables o de  cierta utilidad: recibir o inocular el veneno, ahí estribaba la diferencia. En palabras del General Yagüe: «a los hombres malvados, que en sus entrañas generan veneno, a esos hay que matarlos, pero al envenenado al que se ha dejado seducir y engañar… ¿es necesario matar a un hombre porque una alimaña le haya mordido en la cara? No, a ese hombre hay que llevarlo a un lazareto para desintoxicarlo, a un campo de concentración a que oiga nuestros programas, lea nuestra prensa, vea nuestras películas y sea español, que lo será pronto y en cuanto le convenzamos, lo que se conseguirá en breve plazo, será uno de los más activos camaradas de Falange.»

Con este fin declarado de hacer «españoles», en los campos se llevó a cabo un intensísimo programa propagandístico encaminado a reeducar a los presos. Paredes empapeladas y repletas con diversos carteles que censuraban el divorcio, el matrimonio civil, el ateísmo, la república, el liberalismo o la lucha de clases; rituales «patrióticos» que consistían en la formación en el patio de cientos de internos aguantando infinitos sermones; obligada celebración de nuevas festividades como el 18 de julio; interminables misas y procesos de confesión violada y comunión forzada; proyecciones de películas o préstamo de libros escogidos; todo ello hilvanado con insultos, palizas, golpes y torturas inenarrables que, lo que conseguían, según los testimonios recabados por Carlos Hernández, era el efecto contrario. Estas sufridas ceremonias no debilitaban la moral de la mayoría de presos, que se mantenían firmes en sus convicciones, fueran cuales fueran. El testimonio de un preso en el penal de San Marcos (León) da buena cuenta de ello: «El campo de San Marcos era una fábrica de rojos». El miedo continuado, el hambre, la suciedad, las enfermedades y las torturas, comunes a cárceles y campos, no siempre conseguían su objetivo. Lo dejó escrito Marcos Ana: «se puede temblar sin doblar la frente».

Los campos asturianos

Según se desmoronaba el Frente Norte, entre la traición de Santoña y la superioridad militar de los sublevados, auxiliados por italianos y alemanes, una masa humana de derrotados se agolpaba en cada rincón de la franja norte del país. Para manejar a la muchedumbre hicieron falta nuevos campos, construcciones que serían más o menos estables o provisionales y que comenzaron a alzarse en el País Vasco y la antigua provincia de Santander.

En Asturias, los primeros campos se instalaron en la franja occidental de la región, tras la llegada de las célebres Columnas Gallegas. Hasta entonces la represión había sido ejercida con timidez por un sitiado Aranda, pero con la ruptura del sitio de Oviedo la represión se desboca. Los tres campos, que tendrían una importancia vital en la zona, fueron los de Figueras, Canero y Castropol.

Con la caída definitiva del Frente Norte, el 21 de octubre de 1937, se desató en Asturias una violentísima represión que se llevó por delante entre seis mil y ocho mil vidas, según las últimas investigaciones. Los cuerpos se reparten entre las 343 fosas que están hoy documentadas, más las que aún están sin catalogar y estudiar. Las colas de prisioneros, los intentos de fuga o el maltrato se repitieron en Asturias como en las vecinas tierras de Santander.

Campos de concentración en Asturias

La Vidriera, Avilés
Diciembre 1937/ Noviembre 1939. Estable.
Candás
Noviembre1937/ Septiembre 1939. Estable.
Castropol, (Figueras, playa de Arnao)
Agosto 1937/abril 1938. Larga duración.
Coaña – Ortiguera
Agosto 1937/abril 1938. Estable.
Gijón, La Harinera
Octubre 1937/ abril 1938. Estable.
Grado
Octubre 1937/abril 1938. Estable.
Infiesto
Octubre/noviembre 1937. Provisional.
Llanes-Celorio
Octubre 1937/abril 1938. Estable.
Luarca – Canero
Agosto 1937/ abril 1938. Estable.
Navia – Andés
Octubre 1937/ abril 1938. Estable.
Oviedo, La Cadellada
Octubre 1937/ abril 1938. Estable.
Pola de Siero
Octubre-noviembre, 1937. Provisional.

En la última ciudad asturiana en caer, Xixón, se habilitarían dos campos: uno en la plaza de toros de El Bibio y, el otro, en la fábrica de La Harinera, que permaneció abierto durante unos seis meses. Uno más abriría sus puertas en la capital asturiana. En Uviéu será el antiguo manicomio de La Cadellada, que ocupaba los terrenos donde hoy se levanta el HUCA, el recinto elegido para la concentración de los republicanos detenidos. Improvisando como podían, los mandos militares iban utilizando los recintos que tenían a mano para encerrar a los prisioneros. Es este el caso de Navia, ciudad en la que el cine local fue utilizado para tal fin. Antiguas fábricas, como la de Portanet, en Candás, también se usaron. Además de los citados, albergó el territorio asturiano campos de concentración en La Pola Siero, L’Infiestu o Llanes, en el monasterio de San Salvador de Celorio. El de Grau, al igual que los tres campos del occidente, también fue abierto antes de la caída de Asturias. Allí, del campo, de las cárceles y de las casas salían los prisioneros en dirección a una finca en la misma localidad, conocida como «El Rellán», donde eran asesinados por decenas. Hoy, el lugar está pendiente de una excavación que identifique a las víctimas.

En Avilés abrió el último campo de concentración asturiano, el conocido como La Vidriera. Los primeros días del mes de diciembre de 1937 llegarían los primeros cautivos, que se irían sucediendo en su entrada hasta alcanzar la cifra de 3000 presos. Macabra relación existió en muchas ocasiones entre los campos, los centros de detención y los chalets locales donde los mandos ubicaban los centros de interrogatorios una vez tomadas las plazas. En Grau fue el conocido como «Chalet de Patallo» y, en el caso de Avilés, la «Quinta Pedregal». Allí se torturó hasta la muerte a miles de prisioneros y están documentados cientos de represaliados.

De los casi 300 campos que existieron en España, acogió Asturias un total de doce de diferente tipología, por los que pasaron miles de prisioneros de aquí y de allá; y a los que, vencidos, maltrechos y hartos de batallar, les esperaron años de trabajos forzados como única manera de redimir el delito de fidelidad a un gobierno democrático. Sometidos a las más duras penurias no sucumbieron y lograron sacar fuerzas para el humor, componiendo canciones tristes que ponían melodía a sus nuevas condiciones de vida:

«Dormimos en frías naves,

de cabecera un ladrillo,

esta es la nueva España

que nos trae nuestro Caudillo.

Si me quieres escribir,

y tienes mucho interés,

Campos de concentración

La Vidriera de Avilés»

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