Anita Sirgo, la guerrillera del tacón

17/06/2015 por

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Anita Sirgo,
la guerrillera del tacón

Formó parte del batallón de mujeres que evitó el final de las huelgas mineras de 1962. Sufrió las torturas de la Guardia Civil de las que se mofó Fraga. A sus 85 años, indignada con la desmemoria, es una de las firmantes de la causa contra los crímenes del franquismo que investiga la jueza argentina María Servini.

Anita Sirgo en 1962, rasurada, tras las torturas del capitán Caro.

Anita Sirgo en 1962, rasurada, tras las torturas del capitán Caro.

MADRID.- “Los tacones son para mí lo que para una niña una muñeca” dice con una sonrisa de labios carmín Anita Sirgo (Lada, 1930). Se los calzó cuando tenía 17 años. Con ellos, en la Gran Huelga minera del 62, impidió que el hambre pusiera fin a los paros que prendieron la mecha de los cambios políticos en la España franquista.

Con sus tacones, golpeando la pared de una celda de Sama, descubrió las torturas a su marido. Las mismas patadas, puñetazos y vejaciones del capitán de la Guardia Civil Antonio Caro Leiva, que no consiguieron arrancarle a Anita el nombre de un solo camarada. Ni las alzas. Con ellas, a sus 85 años, sigue pateando las calles en las que se junten más de tres para gritar… “porque hay que seguir en la lucha”.

Quizás fuera por los tacones de otras botas. Las que le arrebataron a su padre y a su madre cuando no había cumplido los 7 años. “No tuve una niñez fácil. Mi padre era un guerrillero que se tiró al monte cuando terminó la República. ¡Y no sé todavía en qué cuneta está!”. Con un padre escondido, al que sólo volvería a ver una vez en su vida gracias a un enlace del Maquis, Anita y su hermano quedaron huérfanos cuando a la madre se la llevaron presa penal de Figueras y ellos estuvieron a punto de ser embarcados rumbo a la Unión Soviética.

No recuerda los cuándos y le cuesta entender los porqués, pero tiene nítidos en la memoria, los dóndes y los cómos. Describe con detalle la nave de Barcelona en la que estuvo hacinada con otros niños de la guerra y el sonido de las bombas de la Legión italiana –“parece como si aún escuchara como rompían los cristales”- sobre la Ciudad Condal. Narra con nostalgia el cariño de unos tíos que recuperaron a los pequeños para criarlos en Llanes, “con la leche de dos vaques”. Aún siente el tacto del estropajo con el que limpiaba arrodillada los suelos de la escuela en la que no pudo estudiar.

El único recuerdo que Anita guarda del día de su boda con Alfonso Braña.

Y no olvida Sirgo, el día de su boda, en la casa en la que se crió. “A mi tío lo habían matado por ser enlace de los guerrilleros. Lo llevaron con los moros, lo apelaron y lo acribillaron a tiros. Mi tío tenía una xatina, una ternera, que guardaba para la mi boda. Y por cumplir su promesa, decidimos hacerla en la casa”.

Pero las fuerzas del orden franquista ni siquiera respetaron ese día a una familia perseguida por los pecados de Avelino Sirgo, el padre fugao.

“Cuando estábamos en la capilla sentimos bullicio y Don Román casonos en cinco minutos, pero ni nos comulgó ni ná. Eran los agentes que estaban guardaos en el monte y en las cuadras. Mientras se celebraba la boda salieron con sus metralletas. Pusieron patas arriba toda la casa: pisaron las tartas que estaban en la escalera; levantaron las tablas de un cuarto de madera porque creían que estaba mi padre por allí. ¡Mira que si son tontos que iban pa listos… ¿cómo iba a estar mi padre allí?!” Solo guarda Ana una foto de aquella boda de la que, “a pesar del miedo, no marchó nadie“ y “de la que hoy podría hacerse una película”, se ríe la asturiana con el recuerdo.

Las mujeres de la ‘huelga del silencio’

Esposa ya de Alfonso Braña Castaño, la pareja se afilió al Partido Comunista en el que comenzó su lucha clandestina. Él, desde el pozo Fondón en el que “trabajaba sin cotizar, con una única ropa que sólo ponía seca los lunes, sin agua caliente ni calefacción, y con lo que tragaban en la mina que los tenía a todos silicosos perdidos”. Ella, en las calles, en las parroquias, en las casas, organizando las Comisiones de Mujeres que tan importante papel jugarían en el inicio del cambio político que supuso la llamada ‘Huelga del silencio’ de 1962.

Esa fecha sí la tiene clara. “Los mineros iban a hacer el mes de huelga y ya había rumores de que los esquiroles iban a romperla. ¡Y no era de extrañar porque se estaba pasando hambre! Pero nosotras, que ya estábamos muy organizadas, decidimos que no podíamos consentir que los mineros volvieran a entrar en los pozos como salieron. Teníamos que hacer algo porque la lucha de ellos era la lucha nuestra”.

Anita Sirgo

Anita Sirgo

Las mujeres de varias comarcas, con Anita a la cabeza, decidieron en asamblea una fecha para “tornar” a los esquiroles. Fueron puerta por puerta para convencer a las mujeres de los mineros que se repartieron por el Molinucu, la Joecara, el pozo Maria Luisa y Fondón, armadas con tochos y mazorcas. Los tochos -“para que dieran la vuelta por cojones”- no tuvieron que usarlos. El maíz lo arrojaron a los pies de los hombres que trataban de volver al tajo mientras los llamaban “gallinas”.

El primer relevo que entraba a las 6 de la mañana dio la vuelta y convenció a los que venían detrás. La huelga se prolongó un mes más. Provocó concentraciones de apoyo en Madrid y Barcelona. De ella se hicieron eco diarios como Le Monde o The New York Times. Supuso el inicio de la unión de voluntades democráticas contra el régimen de Franco. Anita resume modesta: “Se consiguió lo mínimo, pero lo principal. Que los mineros tuvieran otras condiciones; que tuvieran cristales en la lavandería; que tuvieran agua caliente y calefacción”.

Las torturas del capitán Caro

Pero la osadía de los tacones de Asturias tuvo su precio. Después de protagonizar encierros en la catedral y el obispado de Asturias, “porque entonces no era como ahora, que se protesta de año en año”, dice enfadada Sirgo, a Anita y esposo les llegó una comunicación para que se personaran en el cuartelillo de la Guardia Civil de Sama. Él fue primero. Ella, un poco más tarde, como su amiga y camarada Constantina Pérez.

“Íbamos muy tranquilas porque no podían cogernos por nada. En el calabozo, yo empecé a picar la pared con el zapato porque me dio que allí estaba mi hombre. Él contestó. Y estábamos tranquilas. Pero, a las dos de la mañana empezamos a escuchar cerrojos, gritos, golpes”.

Sirgo y su marido Alfonso Braña en 1962, tras las torturas del capitán Caro.

Sirgo y su marido Alfonso Braña en 1962, tras las torturas del capitán Caro.

Primero se llevaron a Tina que volvió a la celda ensangrentada. Después fue turno de Anita a quien el capitán Antonio Caro mostró las fotografías de históricos del PC como El Paisano, Horacio Fernández Inguanzo, para que los delatara. Ella aguantó brava los puñetazos en la cara que casi le dejaron sin un tímpano, las patadas en el estómago, los riñones y la espalda. “Le dije que estaba embarazada y Caro me contestó: ‘un comunista menos”. Un cabo, el cabo Pérez, le agarraba mechones de melena y tiraba hasta dejarle la carne roja. “Me tiraba hacia arriba y, cuando yo no respondía lo que quería, me los cortaba con una navaja”.

A la mañana siguiente, el marido de Anita y otros hombres salieron del cuartel con asistencia médica. Alfonso Braña con una cruz de sangre en la cabeza. A las mujeres les pidieron que se cubrieran con un pañuelo para abandonarlo y, como se negaron, las enviaron a las prisiones de Oviedo y Madrid. Hasta que les creció el pelo. Tina murió poco después. 102 intelectuales presentaron un escrito de protesta, La carta de los 102, al ministro de Información, Manuel Fraga, que negó las torturas. Otro de los cómos nítidos en la memoria de Anita es la reacción de la prensa del régimen que tituló burlona: “Pelona sin peló, quién te lo rapó”.

Hoy Sirgo, la guerrillera del tacón, sigue buscando la cuneta en la que yace su padre y es una de las firmantes de la querella contra los crímenes del franquismo que investiga la jueza argentina María Servini. Dice que nada le gustaría más que volver a mirar a los ojos del Capitán Caro y se indigna con el hecho de que, “después de tantos palos, de tanto sacrificio, los gobiernos de la izquierda abandonaran la memoria histórica”. No pierde ocasión de calzarse sus tacones para manifestarse al lado del Tren de la Libertad o de las Marchas de la Dignidad. Quiere que, cuando muera, la entierren con ellos ¡y con sus carnets de militante del Partido Comunista! Su deseo para los que vienen detrás: “Que sigan unidos en la lucha, porque sin la lucha, hoy más que nunca, no somos nadie”.

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Pequeña nota sobre el libro de Alfonso Camín: España a hierro y fuego. Diez meses con los sublevados, Alto Nalón, 2012.

29/01/2015 por

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Pequeña nota sobre el libro de Alfonso Camín: España a hierro y fuego. Diez meses con los sublevados, Alto Nalón, 2012.

 Luis Aurelio González Prieto

Se trata de una autobiografía del autor, que comprende las peripecias y lo que vivió durante este tiempo por el norte ocupado por los sublevados.

El relato lo comienza Alfonso Camín, cuando en la mañana del 18 de julio de 1936 se dirige en automóvil hacia la playa de Santander. Aunque desde el día anterior se sabe que el ejército de Marruecos se ha sublevado, también se cree que la cosa puede ser controlada por el gobierno de la República sin más problema.

Después de pasar por un casi desierto Valladolid, llega a Palencia al mediodía, donde pernoctará. Al día siguiente, es testigo directo de la sublevación de los militares y los falangistas a primera hora de la mañana. Después de algunos tiros de fusilería, el gobierno civil y los que lo defienden se rinden, poco después serán fusilados.

Comenta como parten columnas para tomar toda la provincia en dirección al norte minero y hacia Valladolid con la intención de dirigirse a Madrid, para ayudar a los sublevados en el cuartel de la Montaña,

Describe como los que llama negros, los sublevados, van fusilando en el paseo Casadi de Alisal a todos aquellos que consideran partidarios de la República. Sin duda desgarradoras son sus palabras en las que describe la represión en los pueblos de la provincia Osorno, Carrión, etc. Así relata: “Los familiares lanzaban gritos desgarradores, cuando sus hombres salían por las puertas y se sentían los tiros a unos doscientos metros”.

Días después consigue que las autoridades militares le dejen desplazarse a León. Nos dará un relato de primera mano de lo que había sucedido en León con el tren minero y en los primeros momentos de la sublevación. Asimismo, describe como en las cunetas de las carreteras leonesas hay cadáveres de simpatizantes de izquierda por todos lados.

Posteriormente consigue dirigirse hacia Lugo con intención de penetrar en el occidente asturiano. Nos describirá como se produjo la sublevación en las provincias gallegas, de la partida de las Columnas Gallegas en dirección a Asturias, así como de los Legionarios Gallegos para el frente de Irún. También hace una descripción de cómo transcurre la vida en la retaguardia franquista, con el miedo permanente a ser delatado por algún partidario del nuevo régimen y ser represaliado al momento. Intenso es el relato del fusilamiento de un padre de familia socialista en el pueblo de Viviero, se encontraba cenando con su mujer y sus cinco hijos cuando llegaron “los negros”. “Las voces que daban eran de pocos amigos: ¿Hay que matarlo como a un perro! Elhombre dejo la mesa y se escondió tras de un ropero. Los “negros” registraron la casa, arrinconando a su familia. Pesaba el silencio trágico. Pesaban como el plomo los minutos de aquella noche. Los “negros” ya salían desencantados, sin encontrarle, cuando una niña – una de las hijas que apenas contaba tres años- dijo a los negros ¡Buscan a papá y no lo ven! ¡Que tontos! Papá está ahí escondido. Los negros dieron la vuelta sobre la presa. Sacaron el hombre a rastras. En la puerta a vista de los otros hijos, le dispararon por la espalda y le dejaron muerto por el camino. La mujer, los hijos, quedaron allí horrorizados, abrazándose al hombre muerto”.

Luego consigue llegar a Luarca y nos aporta unos inenarrables testimonios de la terrible represión que los “negros” hacen en los pueblos del occidente asturiano al ser conquistados por las Columnas Gallegas. Nos relata las tropelías y asesinatos nocturnos que los rifleros falangistas del “Centollo”, como llamaban a una camioneta de color rojo, iban realizando por todos los pueblos.

De una crudeza sin igual es el relato del asesinato que los falangistas de Cangas de Narcea hacen de un chaval de no más de catorce años que había sido cogido con un salvoconducto de los rojos: “El comandante pensó que pudiera ser un espía. Y vaya usted a quitárselo de la cabeza.

Los encargados del fusilamiento eran los mismos que lo cogieron en el monte y ahora lo llevaban en la camioneta. Anoche partieron con él por el camino de Corias, doblaron por el puente de “El Infierno” y, ya en el otro puente, que aun lo están arreglando, paro la comitiva y lo hicieron bajar de la camioneta. Entonces le dijeron que estaba libre. Pero que no era prudente que lo vieran pasar por la villa. Que echara a andar por el monte y por la mañana se orientaría para ir al pueblo. Pero siempre por los atajos.

El muchacho, con ojos tristes, los miraba a los ojos.

Delante había un monte y unos castaños sombríos. No se distinguía la vereda.

Mira –le dijeron-. Vete por ahí.

El muchacho seguía quieto, mirándolo los ojos a los verdugos.

¡Anda!

¡Tengo miedo! – clamó el muchacho

Y empezó a llorar en silencio.

¿A que tienes miedo?

¡Qué se yo! ¡No conozco el camino! Yo nunca vine por aquí. La noche está muy negra

Nosotros estaremos aquí hasta que ganes el monte. Si tienes miedo, nos llamas.

¡Bueno adiós!

El muchacho echó a andar torpemente.

Ya iba, tembloroso, a una distancia de veinte metros, vereda arriba.

Los verdugos, para no perderlo de vista, le gritaron desde el camino.

¿Tienes miedo?

El muchacho no contestaba. No lo quería decir. Tenía miedo.

¿Dónde está?- se oyó otra voz desde abajo.

¡Estoy aquí!-contesto el infeliz, queriendo volver la cara.

Entonces sonó la descarga. Rodó el muchacho monte abajo, por donde había ido, dando vuelta hasta al camino. La pared lo contuvo. Estaba muerto.”

Luego nos relatará su paso por la cárcel de Luarca, en la que convivirá con un buen numero de presos que serían todos ajusticiados, unos allí mismo, otros durante sus traslados hacia Lugo y los menos después de un juicio sumario en esta capital.

Para terminar nos cuenta sus peripecias para pasar a Portugal y luego poder embarcarse desde allí hacia Cuba.

 


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